lunes, 10 de agosto de 2015

La arrugada de Tsipras

JM. Rodríguez

Después de lo escrito por Clodovaldo Hernández es poco lo que queda por decir. Si me aventuro a hacerlo es porque hay un aspecto del asunto en el que vale la pena profundizar. Es un asunto vital de toda empresa revolucionaria: el atreverse.

En 1971, en medio de la debacle de la izquierda en Venezuela, Alfredo Maneiro, con gran lucidez, nos hablaba sobre la necesidad de no fortalecer el escepticismo sobre lo que se puede esperar de la política actual, que reduce la confianza de la gente en sus propios esfuerzos, que descalifica por utópico, aún sin haberlo intentado, cualquier esfuerzo por cambiar desde abajo, los términos de la política…


Lo de Alfredo es característico de aquellos dirigente “tocados” por el hálito vigoroso y heroico que desprenden los pueblos humillados y explotados. Es un hálito que, por su inmaterialidad, la mayoría no vemos, pero, que los lleva a asaltar el cielo. Y miren que eso es atrevido.

Lo hizo Lenin con un puñado de bolcheviques, Mao marchó con sus soldados descalzos, Fidel se lanzó con un barquito, Ho Chi Ming con aldeanos enterrados en fango hasta la rodilla. Lo hizo Chávez el 4F. Todos se atrevieron a tomar el cielo por asalto y todos lo lograron. Las condiciones objetivas estaban dadas, son las subjetivas de las que siempre dudamos. La verdad es que la revolución nunca irá por las grandes alamedas imaginadas por Allende.

Siempre habrá razones que aconsejen postergar el asalto. Siempre esas razones hablan de las debilidades propias. Siempre la postergación tiene como objetivo lograr la superación de esas sempiternas debilidades. Y siempre, óigase bien, siempre, tal accionar obliga a conciliar con el enemigo “mientras llega el momento oportuno”. Como si el enemigo no anduviera en lo mismo.

¿Alguien creerá que la Troika, buscando doblarle las rodillas a Grecia, estaba en capacidad de estirar, sin titubeos, la cuerda de su propia estabilidad en Europa? Siempre será una apuesta. Lo que no se puede hacer es burlar el compromiso contraído con un pueblo que los asumió como sus liberadores.

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