martes, 7 de enero de 2014

Hegemonia y ensalada de frutas

La maestra me había dicho que cuando uno estudiaba podía comprar un carro, que eso era progreso, que llegaría a la meta a más de cien por hora y que yo pasaría descollante sobre los demás porque a pie andar era más lento. Me dijo además, que conocería más lugares que los aburridos analfabetas, los rezagados, los que no conocían las excelencias del consumo, los que no tenían sueños como yo, de pararme a la orilla de la carretera y tender mi mantel, servirme mi ensalada favorita, decirle adiós a las chicas, que alborozadas me saludaban con euforia dominical, empezando a saborear las bondades de mi máquina, que me inspiraba hacia las veleidades de las aproximaciones que me elevarían al infinito. Y eso no es nada, la Mastri, como la llamábamos en alegre secreto, me decía que era preferible optar por aquellos que sabían que limpiar el carro y pulirlo, era a la larga símbolo de distinción, manera de renovar las preferencias por adquirir cosas mejores que me llenarían de confort, brillo y distinción, porque así, el lenguaje cobraría voz de mando, poder y superioridad. 

Era un laboratorio, la Mastri, porque yo sería un perito en superficies, un adelantado en prepararme para asaltar al otro que tratará de arrebatar el oro de mis logros, la cueva de los ogros. Así finalizó mi esforzada primaria a punta de empanadas, que tenia que vender para procurarme mi maquina, mi ensalada de rutas y de frutas. La Mastri nunca supo de la atención con la que la oía, simulando movimientos tácticos en el pupitre para evitar el ruido de mis tripas crujientes a eso de las nueve, por falta de confirmaciones en espera, mis fuerzas en declive  demandando las atenciones a sus satisfacciones. 

Después, todos los carros me pasaban a millón, pero yo sentía la compensación que en el tremendo tráfico, mis pies eran más rápidos que los de Aquiles y los pasaba a toditos, no sin acordarme de la Mastri sus lecciones de éxito, lástima que son tanto los expulsados de él, los eyectados de la fábrica de sueños de mi recordaba maestra, que la vi a pie la ultima vez rumbo a su fábrica de chocolates en lo alto de Carapita.  

Andrés Eloy Hernandez

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