lunes, 17 de junio de 2013

Vamos de mal en peor

JM. Rodríguez

Entiendo poco de economía, pero, no me falla el sentido común, que no es un sentido cartesiano, sino uno que está a mitad de camino entre la estupidez y el ingenio. Algo así como la conciencia que nos alerta de los peligros externos que pudieran afectarnos. Y no lo confundamos con el miedo.
Estoy convencido que, a pesar de los logros en materia política y social, avanzamos a una profunda crisis económica. No se trata de los monstruos que surgen, como decía Gramsci, cuando el viejo mundo muere y el nuevo tarda en aparecer, sino de la demolición de los elementos esenciales del capitalismo sin construir su alternativa válida.

Lo que se ha venido haciendo (desde antes de Maduro) es colocar en manos de ministros y jefes de empresas públicas el manejo de la producción, distribución y comercialización de los bienes que necesitamos para la vida. El “gobierno de calle” es más gesto mediático que el grito “Soviets y electricidad” de Lenin. Para decirlo como estilan los teóricos, hemos fortalecido el centralismo burocrático y corruptor, cuando no corrupto, que se encarga de repartir más “democráticamente” la renta de lo único que producimos: el petróleo.
Siguiendo a Gramsci, estamos transfiriendo la esfera económica, que en el capitalismo es una esfera privada, al Estado, cuya función debía ser política y de control institucional. Los defensores del capitalismo en lo único que tienen razón es en que la economía no es función del Estado sino de la gente. Y en  el socialismo también es así. ¿La diferencia? que ya no es de unos pocos propietarios privados, sino de todos, como propiedad colectiva. Esa es la razón del poder comunal.
Ese poder comunal, no aparecerá nunca mientras las comunas estén, tuteladas por los burócratas, atendiendo, por separado, las carencias urbanas de su entorno. Lo único que espero es que no sea demasiado tarde para que, quienes dirigen este proceso, se den cuenta que ese es el único camino para el socialismo del siglo XXI.

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