lunes, 17 de junio de 2013

¿Seguirá ardiendo el infierno turco?

Tras un fin de semana con Turquía empantanada, el lunes es una prueba de evaluación de la furia ciudadana. "Es época de exámenes. Los universitarios irán corriendo a acabar los suyos en el menor tiempo posible y volverán a Taksim para proteger el parque Gezi", aseguraba Kivanç la madrugada del lunes. A esa hora, un grupo de manifestantes se retiraba de las barricadas: «Vamos a descansar para tomar el próximo relevo».

Durante la noche del domingo el 'hashtag' #genelgrevedavet (Invitación a la Huelga General) coronaba la lista de 'trending topics' turcos en Twitter. En Turquía, un país en el que las huelgas generales no están permitidas, un hecho así supondría un desafío ciudadano sin precedentes en la historia. Quieran o no, con el centro de Estambul inhabilitado para el transporte, el lunes será más difícil de lo habitual llegar al trabajo.
En Ankara, la capital del país, no están las cosas más tranquilas. Las virulentas cargas del domingo, que dejaron decenas de heridos, han enfurecido a los manifestantes. Kizilay, la plaza central de la ciudad, fue campo de batalla hasta altas horas de la noche. Sus fatales consecuencias tampoco hacen presagiar que, en el tuétano de la República de Turquía, las cosas vuelvan a su cauce con la vuelta a la semana laboral.
El centro de Estambul está cerrado a cal y canto. Decenas de barricadas pertrechadas con vallas, postes, jardineras y hasta vehículos destrozados dibujan un paisaje jamás visto allí en la historia. En el barrio de Besiktas, más de 500 policías tuvieron que emplearse a fondo para avanzar posiciones y llegar al estadio de fútbol. Tras ellos, las excavadoras trabajaban a destajo para desmontar las defensas de los manifestantes.
En Taksim, numerosos vehículos policiales yacen bocabajo o carbonizados. Los manifestantes acusan a agentes infiltrados de incendiar los coches. "Esto no son más que provocaciones", lamenta un joven participante en las protestas. Provocación. Es la palabra más oída después de «dimisión». La segunda no está en la cabeza del Primer Ministro Erdogan; la primera, dicen los indignados turcos, es constante en su boca.
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