lunes, 6 de mayo de 2013

La habladera de pendejadas

JM. Rodríguez


Es así como llamamos, en Venezuela, la habladuría ligera que sostienen fortuitos conversadores. Ella ocurre en el mercado, en talleres mecánicos, peluquerías y bares. La caracteriza el desenfado con el que portan las más inverosímiles afirmaciones y la tranquilidad con que son recibidas. Tal conversación se interrumpe, sin solución de continuidad, por el asombro ante el precio de Nescafe, o por la solicitud a la peluquera de ajustar la pollina.
 

Si a esos conversadores informales se les pidiera hacer una crónica escrita sobre lo que afirman, el resultado sería una hoja en blanco, o un extenso y enrevesado cuento de la vida en Orlando. De allí la delicia de ese palabrerío.

Sin embargo, para mi sorpresa, hay gente que logra ponerlo por escrito, con la misma brevedad y ligereza. Semejante imprudencia hace que la habladera de pendejadas se convierta en estupidez.

Eso fue lo que envió por Internet, un siquiatra llamado ¿Franzel? Este señor con nombre de pastel de manzana, hizo correr un récipe mágico para acabar con el mito de Chávez. “El mito que no admito” lo llamó. Es muy sencillo de comprender y fácil de aplicar, veamos lo que dice el universitario experto en locos.

En primer lugar no volver a mencionar el “nombre”, referirse a él, cuando no haya más remedio, como el ex-presidente. Los otros dos pasos para liquidar definitivamente a sus seguidores, es hacer lo que la CIA hizo en Cuba con gran éxito: llamar castrocomunismo al chavismo y, naturalmente, a los chavistas como castrocomunistas. Eso es todo.

Las universidades, tal cual escuelas conventuales de la edad media, al asumir la exclusión como sinónimo de excelencia, produce en demasía estos personajes disparatados, que suponen estar dotados, por el diploma recibido, de las capacidades que sólo escasos notables poseen. Sucede que el almidón de los cantos ecuménicos, tan en boga en estos tiempos, acartona los sesos desprevenidos.

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