domingo, 22 de enero de 2012

FRANQUISTAS, GARZÓN, INDIGNACIÓN Y SALVACIÓN


Darío Botero Pérez


Evidentemente, el delito no puede ser perseguir y castigar delincuentes sino a quien busca castigarlos para derrotar una impunidad pasmosa pero que ya la sociedad no soporta.

Por fortuna, no han calado las argucias de los jueces españoles lacayos del Nuevo Orden Mundial, patrocinadores de la desigualdad social y cómplices de los criminales que frustraron las vías de progreso que forjarían los revolucionarios durante los alzamientos de la década de 1930.  También son cómplices de los saqueadores del tesoro público en la actualidad, lo cual salpica a la misma casa real.


Más bien, la osadía judicial permitirá conocer el verdadero rostro de estos falangistas trasnochados, aunque no sea sino porque el movimiento de los indignados habrá de tomar partido en un caso tan emblemático, en el cual se enfrentan las fuerzas de la reacción contra las de la Vida.

La confrontación ideológica abierta será el recurso de los dignos para desenmascarar a quienes no lo son aunque lo aparentan cubriéndose con togas, sotanas, charreteras y demás recursos circenses destinados a conmover ingenuos alienados que no valoran sus propias vidas debido a que han sido criados en medio de la miseria, el desprecio, el embrutecimiento ideológico, la violencia y el terror físico y mental.  En consecuencia, los lacayos de los potentados están (o ¿estaban?) prestos a sacrificarse para que los potentados puedan mantener sus privilegios que, maliciosamente, confunden con los de la “patria”.

Las argucias leguleyas no serán suficientes para engañar a una opinión pública que califican de ignorante pero que con Internet ha hallado las vías para superar sus falencias a fin de intervenir con conocimiento y contundencia en la determinación de los asuntos públicos. 

De éstos, el castigo a los criminales agazapados en el poder judicial será inevitable, así como la cabeza del poder ejecutivo también perderá su justificación, tanto como su inmunidad y su impunidad, pues el anacronismo de las monarquías es aún más insostenible que el de los ejecutivos elegidos “democráticamente”.  Por ende, desaparecerán a pesar del fanatismo interesado de las momias que pretenden mantenernos ligados a un pasado ruin. 

Desde luego, los parlamentos no tendrán nada qué hacer. Carecen de justificación cuando los ciudadanos ya no necesitan que nadie los represente y están absolutamente decididos a dejar de ser súbditos o meros “subdidadanos”.  Al contrario, exigen el ejercicio de una ciudadanía auténtica que garantice la igualdad legal y esencial de todos, sin ninguna discriminación.

Prefieren ejercer la democracia directa que les facilita ese Internet con el que nos pretendían domesticar pero que está resultando el Ágora Virtual Universal que nos permite a todos ejercer efectivamente la ciudadanía. 

Esta inesperada utilización del asombroso ingenio concebido para perpetuar la dictadura de los potentados, tiene asustados a los monstruos, induciéndolos a despojarnos de la valiosa conquista social y humana que es la red de redes, como lo pretende la desacreditada iniciativa legislativa usana que es el proyecto conocido como la ley SOPA y que la Humanidad no está dispuesta a tolerar.

En cuanto a los parlamentos de las sociedades jerárquicas que posan de democráticas, es indudable que están puestos al servicio de los enemigos comunes, como lo demostró claramente el español al aprobar la regla fiscal en un tiempo récord, mediante la manguala de los presuntos rivales políticos irreconciliables y antípodas -según pretenden hacerles creer a la galerías-, el PP de Rajoy, del recientemente fallecido Manuel Fraga y del asnal Aznar, entre otras llagas repugnantes, aliado con el PSOE, falsa formación socialista cuyos engaños ya no están calando en las mayorías cada vez más conscientes y empoderadas.

Semejantes espectáculos tienen la virtud de airear posiciones insostenibles. 

Hasta ahora, los criminales protagonistas de los genocidios de la derecha durante la guerra civil se han beneficiado de una inmunidad de hecho que los pueblos no están dispuestos a seguir tolerando mientras los condenan a la miseria por obra y gracia de los banqueros ladrones cuya impunidad también es insostenible y pronto habrá de ser castigada, como en la ejemplar Islandia. 

Las multitudes comprenden que su agobio carece de fundamentos cuando el dinero ha perdido su valor y sólo se sostiene con base en convenciones cada vez más develadas y asimiladas por los pueblos, y cada vez más onerosas y abusivas, de modo que no están dispuestos a seguir soportándolas. 

En consecuencia, la creación de monedas nacionales -por los pueblos apropiados de su soberanía y no por los lacayos vedepatrias ni por los detestables sistemas bancarios multinacionales-, sin las connotaciones de discriminación propias del dinero en las sociedades desiguales, permitirá resolver el problema de liquidez que está paralizando las actividades productivas auténticas, y que los degenerados potentados -aunque saben que es imposible salir a flote con sus detestables e irracionales recetas neoliberales, decididamente ruinosas-, proyectan prolongar durante varios años más, hasta que la planeada guerra mundial impida que haya quien les cobre sus crímenes. 

O sea, las actuales multitudes constituyen el núcleo de la Sociedad Democrática Global, de modo que desprecian las convenciones que les han cedido el poder financiero a los sionistas que se sienten dueños del universo, autorizados para adelantar el gran saqueo de la biosfera que, unido a las pestes, las hambrunas, la guerra y las graves catástrofes ambientales causadas mediante el proyecto HAARP y sus émulos, conlleve el inevitable Fin del Mundo para las mayorías inermes e incautas.

Tal destino miserable y despreciable para las expresiones de la Vida en la Tierra, incluyendo a la especie humana, es concebido por los plutócratas como la “gran obra” -según la llaman los masones- del Nuevo Orden Mundial (el ya famoso NOM) diseñado, difundido y controlado por el “gobierno mundial en la sombra” impuesto mediante los acuerdos del Club Bilderberg.  Como se va sabiendo, los miembros de esta exclusiva institución obedecen las órdenes de los Rotschild.

Éstos son, al parecer, los auténticos amos de carne y hueso que tenemos que desempoderar rápidamente, evitando que sigan cometiendo sus crímenes de lesa humanidad, mediante los cuales nos impiden consolidar la sociedad plana que nos garantice a todos una existencia digna y gratificante.

No podemos permitirles que nos impidan establecer la sociedad del conocimiento que hemos conquistado mediante nuestras hazañas intelectuales. Las hemos logrado a un costo altísimo impuesto por los sicópatas inescrupulosos que han monopolizado el poder a través de la Historia pero cuyo fin ha llegado.

Es que su imperio sólo ha sido posible en las sociedades que mantienen a sus habitantes sumidos en la ignorancia y la superstición y el miedo. Pero esto, a pesar de las ilusiones de los manipuladores de mentes,  ya no lo permiten las exigencias de la evolución, cuando el recurso productivo más valioso es la mente humana en vez de los músculos, que lo han sido durante el imperio de la Historia. 

En consecuencia, antes de que frustren definitivamente la posibilidad del futuro que nos hemos ganado las mayorías sanas, a las momias cavernarias tenemos que apurarles su agonía en vez de brindarles todas las gabelas de que han disfrutado bajo su detestable ciclo de dominio sobre la Humanidad, la Naturaleza y la Vida.  Es indispensable que expiren pronto para que las podamos enterrar, si no es que las cremamos para que desaparezcan sus genes y sea imposible que resuciten como clones de sicópatas… 

De todos modos, los potentados decrépitos apegados al pasado, están muertos para el presente y les es imposible concebir e instaurar un futuro, de ahí su obsesión por desatar el Apocalipsis.

Pero siguen infestando la Vida porque no los hemos inhumado y seguimos atribuyéndoles un poder que son incapaces de ejercer con idoneidad pero que -si no nos deshacemos de ellos como factores de poder- aprovecharán para precipitar el holocausto universal que tanto seduce al sionismo y a sus sumos campeones, esos Rotschid.

Más bien, las nuevas generaciones, que desprecian a los potentados y no se sienten inferiores a nadie, garantizarán la perpetuación de la Vida mediante la relación armónica y respetuosa con la Naturaleza en medio de una sociedad pacífica, plana, solidaria y rica, que a todos nos permitirá realizarnos como seres humanos capaces de proezas inéditas si nos dejan cultivar nuestros talentos personales, que son un arcano para el resto de la especie y cuyo despliegue nos enriquece a todos.

La liberación ya empezó, de modo que conviene apoyarla ajustando nuestros actos y opiniones a las expectativas de la Vida, sin cobardía pero, también, sin temeridades radicales que les servirían a los gobernantes y a sus amos para justificar los genocidios. 

Debemos vencerlos con inteligencia, destruyendo sus planes; eludiendo la violencia que les ha permitido imponerse a través de la Historia; quitándoles las bases de su poder, como lo son el monopolio del dinero y de los gobiernos de los pueblos.

De no hacerlo, la extinción del 95% propuesta o difundida entre los potentados por los sionistas Ted Turner y Bill Gates, será la culminación de los aterradores ideales sionistas, que los ayatolas también comparten al hacerles el juego a los enemigos comunes mediante la teocrática dictadura nuclear impuesta a Irán por otros loquitos de dios descendientes del mismo patriarca, el inefable Abraham, auténtico padre del sionismo apocalíptico, tanto como del islamismo fundamentalista que le hace el juego bélico de Fin del Mundo, mientras todos se dedican a extraer petróleo sin tasa ni medida, amenazando las aguas que, crecientemente, convierten en pantaneros. 

Así también contribuyen a cumplir los designios del dios único (recuérdese que el cristianismo tiene igual origen y las tres religiones, tan arrogantes y excluyentes, presumen de su exótico monoteísmo que, según parece, ninguna otra religión contemporánea comparte, aunque en la antigüedad varias lo hicieron y hasta se afirma que inspiraron a Moisés y a su presunto ascendiente, Abraham, el padre de Ismael y Jacob)

Por fortuna, el descrédito del cristianismo, en particular del católico, apostólico y romano, permite presumir que habrá pocos fanáticos de estas sectas dispuestos a sacrificar su vida exterminando musulmanes para que los curas sigan violando niños y los sionistas puedan seguir presumiendo de ser los favoritos de Yahvé al cumplir su Armagedón.

De todos modos, se impone una sociedad laica y heterogénea de ámbito universal pero con indudable presencia local en todas partes, pues la verdadera democracia exige que los ciudadanos participen libre y ampliamente en la determinación de sus destinos, reivindicando su identidad en vez de adoptar una cultura light unanimista, sin raigambre ni respeto por la Vida ni por la Tierra, que nos reduce a simples proyectos de “triunfadores” mientras nos niega los medios para serlo.

Lo bello es que todo el que desee sumarse a esta noble causa está en condiciones de hacerlo, guiado por su conciencia y contando con suficiente información para saber que no está siendo engañado. 

Por eso no podemos permitir que nos roben a Internet ni que castiguen a Garzón sin justificación, pues sería otro chivo expiatorio, como Julian Assange, cuya garantía de libertad también es una obligación de la Humanidad digna.  

En contraste, igual de determinante y justo es castigar a George W. Bush, a su padre y a tantas lacras más, aunque no sea sino por el horroroso crimen constituido por los atentados del 11 de septiembre de 2001 que –intentando desatar la guerra de civilizaciones que impediría el castigo de quienes la estimulan buscando ocultar su incapacidad absoluta para sostener una sociedad viable, pues la han llevado a una crisis irreversible que aspiran a superar diezmando la población para iniciar otro ciclo de depredación-, fueron protagonizados por la CIA y sus agentes de origen musulmán organizados alrededor de Al Qaeda y su presunto jefe, el petrolero santón y asesino, agente de esa agencia criminal,  Osama bin Laden, socio de vieja data de los Bush. 

Simultáneamente es obligatorio castigar las masacres de musulmanes indefensos justificadas con esa horrorosa mentira, en particular las cometidas en Afganistán, en Irak y en Pakistán, tanto como las imparables de palestinos por los sionistas, pues éstos insisten en extinguir a su desafortunada víctima histórica, que, sin rendirse ni someterse, no acierta a hallar formas para protegerse y prosperar, pero que ya la Humanidad está resuelta a defender y reivindicar, denunciando al mismo tiempo la desmesura sionista y sus aterradores designios, que a todos nos amenazan.

Sin duda, la hora del castigo está cerca.  Depende de nosotros, de ti, de él y de mí, pues nadie podrá salvarnos, por muy Mesías o Anticristo que sea. 

La labor es eminentemente colectiva. A ella concurrirá libremente todo aquel que se considere digno, pues cada uno cuenta, y cuando seamos suficientes no habrá poder capaz de derrotarnos.

Y eso es para ya porque la extinción apocalíptica está en marcha y arrasando. Cada día sus daños son enormes y crecientes, de modo que estamos alcanzando el punto de no retorno, cuando las esperanzas mueren.

De ahí la importancia de que todo el que sea solidario se manifieste, pues los potentados son cobardes e ineptos, de modo que detendrán sus crímenes si carecen de apoyos entre sus víctimas.  O se desenmascararán completamente en su desespero, pero no podrán defenderse, ni mucho menos vencernos, si las multitudes conscientes los confrontan y les quitan su apoyo, como se lo han ido quitando sus esbirros al detestable dictador asesino que asuela a Siria, Bashar al Assad, cuyos días están contados y cuyo pueblo tiene la obligación de impedir que otros déspotas lo suplanten. 

Llegó la hora para tomar directamente en sus manos el destino común.  Y es para todos los pueblos, no sólo para el sirio, pues el amanecer llegará para todos o no habrá amanecer.  Túnez, Egipto y Libia lo han de entender antes de que les roben sus victorias. Es algo que  lo determinarán las mayorías, no los potentados decrépitos que lo han hecho siempre pero ya no más.

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